PARTE 1
—No seas exagerada, Mariana. Dale el té y deja que el niño duerma. Mañana ni te vas a acordar de este drama.
Las palabras de mi suegra me hicieron sentir un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del salón.
Era el primer cumpleaños de mi hijo Emiliano. Rodrigo, mi esposo, había rentado un salón privado en Santa Fe para celebrar con socios, inversionistas y clientes de su empresa tecnológica. Había arreglos de flores, música en vivo y una mesa de postres que parecía de revista.
Yo llevaba tres noches durmiendo mal.
Emiliano también estaba extraño.
Normalmente no paraba quieto. Esa noche apenas había tocado sus juguetes y se había quedado dormido sobre mi pecho, con las mejillas demasiado rojas y el cuerpo flojo.
Beatriz, mi suegra, se acercó con una taza de porcelana.