El secreto en el pasillo de servicio: lo que ocultaba la toalla

La penumbra del pasillo de la servidumbre estaba apenas rota por la luz mortecina de una lámpara al final del corredor. Tenía el corazón latiéndome a un ritmo demencial contra las costillas y los dedos entumecidos por la fuerza con la que sostenía la toalla de algodón oscuro contra mi pecho.

Apenas dos pasos fuera de la puerta del baño de invitados, una sombra alta me cortó el paso.

Era Julián, el chef privado de la finca. Vestía su filipina blanca de cocina, con las mangas cortas revelando antebrazos firmes y una expresión tan tensa e indescifrable que parecía a punto de cometer una locura. Se inclinó sobre mí, acorralándome contra el marco de madera blanca, a escasos centímetros de mi rostro. Podía sentir su respiración cálida y el olor a romero y humo que desprendía su uniforme.

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