El secreto en el pasillo de servicio: lo que ocultaba la toalla

—Ni se te ocurra gritar —me advirtió en un susurro cortante, posando su mano con firmeza sobre mis nudillos para inmovilizar lo que yo intentaba proteger contra mi cuerpo—. Si Héctor escucha un solo ruido y baja las escaleras, se acabó todo.

Cualquier cámara de seguridad o sirviente que hubiera doblado la esquina en ese instante habría interpretado la estampa como la evidencia indiscutible de un romance clandestino: la joven prometida del multimillonario Héctor Vance, semidesnuda y acorralada en la oscuridad por el atractivo cocinero de la casa.

Durante las últimas dos semanas, la tensión en la mansión había sido insoportable. Héctor se mostraba cada vez más errático, celoso y obsesionado con vigilar cada uno de mis movimientos. Me prohibía bajar a las áreas comunes después de las nueve de la noche, asegurando que los empleados eran indiscretos y que «una mujer de mi posición» no debía mezclarse con el personal.

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