—Te preparé algo con miel y hierbas para que descanses. Yo me quedo con Emiliano.
Aquella amabilidad me inquietó más que sus comentarios crueles de siempre.
Desde que dejé temporalmente mi trabajo como enfermera de urgencias para cuidar a mi hijo, Beatriz no perdía oportunidad de decir que yo vivía del dinero de Rodrigo.
—Gracias, pero prefiero llevarlo conmigo —respondí.
Su sonrisa desapareció durante una fracción de segundo.
Me fui al cuarto privado que el salón había preparado para nosotros y acosté a Emiliano sobre la cama.
Respiraba demasiado despacio.
Saqué mi celular y marqué a mi papá, Arturo, quien llevaba años trabajando como investigador en la Ciudad de México. No había podido asistir a la fiesta por un operativo.
—Déjame ver a mi campeón —dijo al contestar la videollamada.
Giré la cámara hacia la cama.
Mi padre sonrió.