Habían venido a instalarse.
Doña Rosa golpeó el zaguán.
—¡Lucía! ¡Abre!
Lucía respiró profundamente.
Cada movimiento todavía le recordaba la cesárea.
Pero aquella mañana no estaba sola.
Caminó hasta la puerta con Emilia contra el pecho.
—Ya te dije que no.
Doña Rosa levantó las manos.
—¿Vas a dejar a tu propia madre en la calle?
—Tienes casa.
—¡Maribel no!
Maribel apareció detrás.
—Solo será mientras encontramos algo.
Lucía miró las cajas.
—Trajeron hasta televisión.
Tomás soltó una carcajada.
—Pues tampoco vamos a vivir como animales.
Entonces intentó abrir el zaguán.
Estaba cerrado.
Su sonrisa desapareció.
—Abre, Lucía.
—No.
Doña Rosa comenzó a golpear con más fuerza.