—Sí.
—¿Con ventana grande?
Maribel sonrió.
—Con ventana grande. Como siempre quisiste tú para mí.
Martín se llevó una mano al pecho.
—Yo pensé que tú ya no te acordabas de esas tonterías.
—No eran tonterías —dijo ella—. Eran sueños pobres, pero sueños al fin.
Al día siguiente, Martín no fue a la fábrica.
Pidió permiso sin goce de sueldo, aunque antes le hubiera dolido perder ese día.
Acompañó a Maribel a Tecámac.
Tomaron combi, luego otro camión, luego caminaron varias calles de terracería.
El terreno estaba cercado con malla oxidada.
No había pasto.
No había sombra.
Solo tierra seca, piedras y un letrero torcido con pintura blanca.
Pero cuando Maribel abrió el candado, Martín entró como quien pisa un milagro.
Se agachó, tomó un puño de tierra y lloró otra vez.
—Aquí va la bugambilia —dijo ella, señalando la entrada.
Martín sonrió con los ojos rojos.
—Y aquí voy a poner una silla para verte cocinar por la ventana.
—No inventes, güey —dijo Maribel, riéndose entre lágrimas—. Primero hay que levantar paredes.
Él también rió.
Esa risa les salió distinta.
Menos pesada.
Más limpia.
Firmaron el último pago con don Ernesto, un señor de sombrero, bigote canoso y manos de campo.
No hubo música.
No hubo globos.
No hubo fiesta.
Solo una firma, un apretón de manos y una llave vieja que no abría ninguna puerta todavía, pero abría un futuro.
Esa noche, Martín volvió a la fábrica.
Sus compañeros no tardaron en molestarlo.
—¿Qué pasó, compa? ¿Ahora sí te soltaron lana?
—No —respondió él, tranquilo.
—¿Entonces?
Martín sonrió.
—Me soltaron una vida nueva.
Todos soltaron carcajadas.
—Este ya se volvió poeta.
Antes, esas burlas lo habrían hecho arder.
Esa vez no.
Porque ahora sabía que había vergüenzas que uno carga por quedar bien con gente que no paga tus recibos, no seca tus lágrimas y no duerme contigo bajo un techo que gotea.
Al salir, compró una rosa en el semáforo.
Costó 25 pesos.
No era fina.
Tenía una espina rota y los pétalos un poco maltratados.