—Buenos días, Daniel.
—No juegues conmigo. Las transferencias están rechazadas. Mis tarjetas no funcionan. La tarjeta de Camila tampoco. ¿Qué hiciste?
—¿Te refieres a las tarjetas corporativas que utilizaste para pagar hoteles, vuelos y regalos personales?
Hubo silencio.
Después cambió de tono.
—Valeria, amor, estás confundida.
Casi me reí.
—Encontré 12 autorizaciones cuestionables, 3 intentos de transferencia por más de $11 millones de pesos, $1.2 millones en gastos personales y pagos por otros $3.6 millones a una consultora cuya principal actividad parece ser viajar contigo.
Daniel dejó de hablar.
Escuché a Camila murmurar algo.
—No entiendes cómo funciona la empresa —dijo finalmente.
Ahí sí sonreí.
Mi empresa.
Mi madre me había dejado el 68% de Grupo Santillán mediante un fideicomiso familiar protegido.
Después de casarnos, yo nombré a Daniel director de operaciones.
Cometí muchos errores en mi matrimonio.
Pero nunca le entregué acciones con derecho a voto.