En aquel momento había pensado que hablaba de mi salud.
Ahora me preguntaba si aquellas palabras escondían algo mucho más siniestro.
Y entonces recordé otra cosa.
Tres semanas antes, Daniel me había pedido que firmara unos documentos.
Me había dicho que eran simples formularios para actualizar nuestro seguro y organizar nuestros asuntos financieros.
Yo había firmado porque confiaba en él.
—Doctor —dije, sintiendo que el corazón me golpeaba el pecho—, creo que mi marido está esperando algo de mí. Algo relacionado con unos documentos que firmé.
El médico se quedó mirándome.
—¿Conserva una copia?
Negué con la cabeza.
—No. Él se los llevó.
El médico pidió que me sentara de nuevo.
—Margaret, no vuelva a firmar nada hasta que un abogado independiente lo revise. Y, si sospecha que alguien está poniendo sustancias en su bebida, no intente investigarlo sola.
Por primera vez desde que había entrado en aquel despacho, comprendí que necesitaba ayuda.