Pensé en cómo se había ofrecido a organizar todas mis citas médicas después de nuestra boda. En cómo insistía en guardar mis documentos en la caja fuerte de su despacho. En cómo había empezado a decirme que ya no necesitaba ocuparme de mis finanzas porque él podía hacerlo todo por mí.
—Sí —contesté lentamente—. Tiene acceso a casi todo.
El médico llamó a una enfermera y pidió que me realizaran una evaluación clínica.
Después me aconsejó que no regresara sola a casa y que no confrontara a Daniel hasta haber recibido orientación médica y establecido un plan de seguridad.
Yo asentía, pero apenas podía escucharlo.
Mi mente había regresado a aquella noche.
A la conversación que había oído mientras fingía dormir.
«Si esto continúa, podríamos perderla».