Ambos habían construido coartadas distintas sobre la misma mentira.
Su matrimonio terminó prácticamente esa semana.
Se culpaban mutuamente.
Alejandro decía que Daniela debía haber regresado.
Daniela decía que Alejandro era el padre y debía haberse quedado.
Ninguno podía responder la pregunta más sencilla:
“¿Por qué ninguno llamó para comprobar dónde estaba su hijo?”
La respuesta era dolorosa.
Porque comprobarlo habría significado interrumpir sus planes.
Mientras tanto, Mateo empezó a transformarse.
Los primeros días preguntaba antes de abrir el refrigerador.
—Abuela, ¿puedo comer un yogur?
—Claro.
—¿Aunque ya comí uno ayer?
—Puedes comer cuando tengas hambre.
Pedía permiso para encender la televisión, para tomar otra tortilla, incluso para utilizar hojas de colores.
Una tarde rompió accidentalmente un vaso y se puso pálido.
—Perdón, perdón, yo lo pago con mis doscientos pesos.
Lo abracé.
—Los vasos se rompen. Tú no tienes que pagar por existir en esta casa.