Pero había algo que ya habíamos recuperado y que ningún banco podía medir.
Mateo había recuperado el derecho a tener hambre sin sentir culpa, a romper un vaso sin pensar que dejarían de quererlo, a dormir sin preguntarse si los adultos desaparecerían durante la noche.
Yo había perdido parte de mis ingresos, mi tranquilidad y la relación que algún día creí tener con mi hijo.
A cambio, un niño volvió a sentirse seguro.
Y si alguna vez alguien me pregunta si una madre debe proteger a su hijo sin importar lo que haga, mi respuesta ya no será la misma.
A veces amar a tu propio hijo significa impedir que siga haciendo daño.
Y a veces la familia no es quien comparte tu sangre, sino quien abre la puerta a las dos de la madrugada, te envuelve en una cobija y decide que nunca más tendrás que caminar solo bajo la lluvia.