—Abuela, ¿te acuerdas cuando dijiste que eran llaves mágicas?
—Claro.
—Ya sé que no son mágicas.
Me reí.
—¿Ah, no?
Negó con la cabeza.
—La que me protege eres tú.
Tuve que apartar la mirada para que no me viera llorar.
Lo abracé con fuerza.
—No, Mateo. Algún día vas a entender algo todavía más importante. Esta casa te protege porque aquí sabes que importas. Y cuando crezcas, quiero que nunca permitas que nadie te haga creer lo contrario.
Esa noche lo acompañé hasta su cama, le acomodé la cobija y apagué la luz.
Antes de cerrar la puerta escuché su voz.
—Buenas noches, abuela.
—Buenas noches, mi niño.
—Mañana quiero chilaquiles.
—Mañana habrá chilaquiles.
Sonrió y cerró los ojos.
Regresé al comedor.
Sobre la mesa estaba el último estado de cuenta. El dinero que sus padres habían tomado tardaría mucho tiempo en regresar por completo.