“Abuela, por favor no me hagas volver…” Mi nieto de 7 años lloraba después de llegar solo a mi puerta con casi 40 grados de fiebre. Su padre estaba con otra mujer y su madre también había desaparecido esa noche. Yo no los enfrenté de inmediato: cambié la cerradura, llamé a una abogada y puse sobre la mesa los estados de cuenta… porque faltaban más de 200,000 pesos del dinero del niño.

—Abuela, ¿te acuerdas cuando dijiste que eran llaves mágicas?

—Claro.

—Ya sé que no son mágicas.

Me reí.

—¿Ah, no?

Negó con la cabeza.

—La que me protege eres tú.

Tuve que apartar la mirada para que no me viera llorar.

Lo abracé con fuerza.

—No, Mateo. Algún día vas a entender algo todavía más importante. Esta casa te protege porque aquí sabes que importas. Y cuando crezcas, quiero que nunca permitas que nadie te haga creer lo contrario.

Esa noche lo acompañé hasta su cama, le acomodé la cobija y apagué la luz.

Antes de cerrar la puerta escuché su voz.

—Buenas noches, abuela.

—Buenas noches, mi niño.

—Mañana quiero chilaquiles.

—Mañana habrá chilaquiles.

Sonrió y cerró los ojos.

Regresé al comedor.

Sobre la mesa estaba el último estado de cuenta. El dinero que sus padres habían tomado tardaría mucho tiempo en regresar por completo.

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