Por las tardes hacíamos la tarea en un escritorio nuevo que compré a pagos.
Poco a poco dejó de preguntar si podía abrir el refrigerador.
Dejó de esconder comida en su mochila.
Dejó de despertar en la madrugada para comprobar si yo seguía en casa.
Una noche de lluvia escuché sus pasos en el pasillo.
Apareció frente a mi habitación abrazando su dinosaurio de peluche.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué pasa, mi amor?
—Está lloviendo fuerte.
Me preparé para abrazarlo, pensando que recordaba aquella noche.
Pero Mateo sonrió.
—Solo quería ver si habías cerrado la ventana porque se puede mojar la sala.
Eso fue todo.
No estaba aterrorizado.
No pensaba que alguien lo abandonaría.
La lluvia volvía a ser simplemente lluvia.
Me levanté y cerramos juntos la ventana.
Antes de regresar a su habitación, Mateo señaló las llaves nuevas que todavía colgaban junto a la entrada.