PARTE 2: EL SECRETO DEL MURO

Ana sostuvo la carta con las manos temblorosas.

El papel estaba amarillento, doblado cuidadosamente y sellado con una pequeña cinta roja.

La tinta había perdido parte de su intensidad, pero las palabras todavía podían leerse.

«A quien encuentre este esconditekara

Si has llegado hasta aquí, significa que la casa todavía sigue en pie.

Mi nombre es Elena Marković. Durante cuarenta años viví entre estas paredes, esperando que alguien regresara.

Pero nadie volvió.

Todo lo que encuentres aquí fue guardado para proteger a mi hija. Si ella nunca regresa, deseo que este tesoro ayude a alguien que verdaderamente lo necesite.

Sin embargo, antes de utilizarlo, debes conocer la verdad.

Esta casa no está abandonada.

Está esperando».

Ana dejó de leer.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Miró hacia la puerta.

El viento silbaba entre las ventanas rotas.

No había nadie.

Volvió a mirar la carta.

En la última línea aparecía una

advertencia:

«Nunca permitas que Viktor encuentre la llave de plata».

Ana frunció el ceño.

—¿Qué llave?

Extendió cuidadosamente el contenido del paquete sobre una manta.

Había monedas de oro antiguas.

Varios fajos de billetes.

Un collar de esmeraldas.

Dos brazaletes.

Un pequeño reloj de bolsillo.

Y una caja de madera oscura.

Dentro de la caja encontró una llave plateada.

Su corazón comenzó a latir más deprisa.

—Dios mío…

La sostuvo entre los dedos.

Era pequeña, con una inscripción casi borrada.

E. M. — 1978.

Ana miró nuevamente la carta.

«Nunca permitas que Viktor encuentre la llave de plata».

¿Quién era Viktor?

¿Y por qué alguien había escondido una fortuna dentro de un muro de tierra?

Durante varios minutos permaneció sentada en el suelo.

Pensó en su esposo.

En las noches que habían pasado calculando cómo pagar el alquiler.

En las visitas médicas que todavía debía costear.

Y en el bebé que

crecía dentro de ella.

Acarició suavemente su vientre.

—Quizá por fin tengamos una oportunidad, pequeño.

Pero inmediatamente sintió miedo.

Aquel dinero podía cambiar su vida.

También podía pertenecer a alguien que todavía estuviera buscándolo.

Ana volvió a envolver las joyas.

Separó la carta y la llave.

Después escondió el paquete bajo una tabla suelta del suelo.

No gastaría nada hasta averiguar su procedencia.

A la mañana siguiente caminó hasta el pueblo más cercano.

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