Tardó casi una hora.
Allí había una panadería, una farmacia y una pequeña tienda de comestibles.
Detrás del mostrador estaba una mujer mayor de cabello blanco.
—Buenos días, hija.
—Buenos días. Quería preguntarle algo.
La mujer sonrió.
—Dime.
—Compré la casa antigua que está junto al camino del molino.
La sonrisa desapareció.
—¿La casa de los Marković?
Ana asintió.
—Sí.
La mujer dejó lentamente el pan que estaba envolviendo.
—¿Estás viviendo allí?
—Desde hace unos días.
La
anciana se persignó.
—Que Dios te proteja.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Por qué dice eso?
La mujer miró hacia la puerta.
Después bajó la voz.
—Porque esa casa lleva más de treinta años vacía por una razón.
La anciana se llamaba Milena.
Invitó a Ana a sentarse detrás del mostrador.
Le ofreció té caliente y un pedazo de pan.
—Elena Marković era una buena mujer —comenzó—. Tenía una hija llamada Katarina.
Ana escuchaba atentamente.
—¿Qué ocurrió con ellas?
Milena suspiró.
—Elena se casó con un hombre rico. Tenían tierras, negocios y una gran propiedad en la ciudad.
—¿Y cómo terminaron viviendo en aquella casa?
La anciana bajó la mirada.
—Su esposo murió en circunstancias extrañas.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Oficialmente fue un accidente. Pero Elena siempre creyó que alguien lo había provocado.
Ana recordó la carta.
—¿Conoce a un hombre llamado Viktor?
Milena dejó caer la taza.
El ruido hizo que ambas se sobresaltaran.
—¿Dónde escuchaste ese nombre?
Ana dudó.
—Encontré una referencia en la casa.
La anciana se puso pálida.
—Viktor Marković era el hermano del esposo de Elena.
—¿Y qué ocurrió con él?
Milena miró hacia la ventana.
—Se quedó con casi todo después de la muerte de su hermano.
Ana sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Y Elena?
—Desapareció años después.
Ana permaneció inmóvil.
—¿Desapareció?
Milena asintió.
—Una mañana, la casa estaba vacía. Nadie volvió a verla.
—¿Y su hija?
—Katarina había desaparecido antes.
Ana sintió que se le helaba la sangre.
—¿Cómo?
La anciana respiró profundamente.
—Tenía diecisiete años cuando se marchó. Algunos decían que había escapado. Otros, que alguien se la llevó.
—¿Nunca regresó?
—No que yo sepa.
Ana miró sus manos.
La carta decía que Elena había esperado durante cuarenta años.