PARTE 2: EL SECRETO DEL MURO

Quizá la había escrito mucho después de que

su hija desapareciera.

—¿Viktor sigue vivo?

Milena guardó silencio.

Después respondió:

—Murió hace cinco años.

Ana sintió un pequeño alivio.

Pero la anciana añadió:

—Su hijo todavía vive en la ciudad.

—¿Cómo se llama?

Milena la miró directamente.

—También se llama Viktor.

Ana regresó a la casa antes del anochecer.

El camino parecía más largo que nunca.

Cada árbol proyectaba sombras extrañas.

Cuando finalmente llegó, notó algo que la hizo detenerse.

La puerta principal estaba entreabierta.

Estaba segura de haberla cerrado.

Su corazón comenzó a latir violentamente.

—¿Hola?

Nadie respondió.

Entró con cuidado.

La cocina estaba vacía.

El dormitorio también.

Pero cuando llegó a la sala, sintió que las piernas le fallaban.

El cuadro antiguo estaba en el suelo.

Alguien había examinado el hueco del muro.

Ana se llevó una mano al vientre.

—Dios mío…

Corrió hacia la tabla donde había escondido el paquete.

Seguía allí.

Lo sacó.

Las joyas

estaban intactas.

La carta también.

Pero cuando volvió a mirar el cuadro, descubrió algo nuevo.

En la parte posterior alguien había escrito una frase con lápiz.

«Sé lo que encontraste».

Aquella noche Ana no durmió.

Se sentó junto a la puerta con el teléfono en la mano.

Había poca señal.

El viento golpeaba las ventanas.

Cada ruido la hacía sobresaltarse.

A medianoche escuchó pasos.

Se quedó inmóvil.

Los pasos se detuvieron junto a la ventana.

Después alguien golpeó suavemente el cristal.

Tres veces.

Ana sintió que el corazón se le detenía.

—¿Quién está ahí?

No hubo respuesta.

Entonces una voz masculina habló desde el exterior.

—Señora, sabemos que compró esta propiedad.

Ana apretó el teléfono.

—¿Qué quiere?

—Solo conversar.

—Vuelva mañana.

Hubo un silencio.

Después el hombre dijo:

—Lo que encontró no le pertenece.

Ana sintió un escalofrío.

—No sé de qué habla.

El desconocido soltó una risa seca.

—Entonces

no tendrá inconveniente en entregarnos la llave.

Ana retrocedió.

La llave de plata.

—Voy a llamar a la policía.

El hombre guardó silencio.

Después respondió:

—Haga lo que considere necesario.

Los pasos se alejaron.

Ana esperó varios minutos antes de moverse.

Entonces llamó a emergencias para informar de la intrusión y las amenazas.

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