A la mañana siguiente llegaron dos agentes.
Examinaron la puerta.
Fotografiaron las huellas junto a la ventana.
Y escucharon su relato.
Uno de ellos, el inspector Nikola Radić, observó el cuadro.
—¿Dice que encontró objetos valiosos detrás de esto?
Ana asintió.
—Sí.
—Necesitaremos documentar el hallazgo y comprobar si existe alguna reclamación legítima sobre esos bienes.
—Lo entiendo.
Nikola la miró.
—¿Tiene algún lugar seguro donde quedarse?
Ana negó.
—No tengo a nadie.
El inspector observó su embarazo.
Su expresión se suavizó.
—Entonces intentaremos ponerla en contacto con los servicios sociales del municipio. No debería permanecer sola
aquí mientras investigamos las amenazas.
Ana sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Gracias.
Dos días después, Ana recibió una visita inesperada.
Un automóvil negro se detuvo frente a la casa.
De él bajó un hombre de unos cuarenta y cinco años.
Llevaba un abrigo caro y zapatos impecables.
—¿Señora Ana Petrović?
Ella permaneció junto a la puerta.
—Sí.
El hombre sonrió.
—Mi nombre es Viktor Marković.
Ana sintió que la sangre se le helaba.
El hijo del hombre mencionado por Milena.
—¿Qué desea?
Viktor miró la casa.
—Esta propiedad perteneció a mi familia durante generaciones.
—Ahora es mía. Tengo los documentos.
—No he venido a discutir eso.
Sacó una tarjeta de presentación.
—He venido a hacerle una oferta.
Ana no la tomó.
—No estoy interesada.
Viktor sonrió.
—Ni siquiera sabe cuánto estoy dispuesto a pagar.
—No quiero vender.
Su expresión cambió.
—Le ofrezco cincuenta mil euros.
Ana