PARTE 2: EL SECRETO DEL MURO

A la mañana siguiente llegaron dos agentes.

Examinaron la puerta.

Fotografiaron las huellas junto a la ventana.

Y escucharon su relato.

Uno de ellos, el inspector Nikola Radić, observó el cuadro.

—¿Dice que encontró objetos valiosos detrás de esto?

Ana asintió.

—Sí.

—Necesitaremos documentar el hallazgo y comprobar si existe alguna reclamación legítima sobre esos bienes.

—Lo entiendo.

Nikola la miró.

—¿Tiene algún lugar seguro donde quedarse?

Ana negó.

—No tengo a nadie.

El inspector observó su embarazo.

Su expresión se suavizó.

—Entonces intentaremos ponerla en contacto con los servicios sociales del municipio. No debería permanecer sola

aquí mientras investigamos las amenazas.

Ana sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Gracias.

Dos días después, Ana recibió una visita inesperada.

Un automóvil negro se detuvo frente a la casa.

De él bajó un hombre de unos cuarenta y cinco años.

Llevaba un abrigo caro y zapatos impecables.

—¿Señora Ana Petrović?

Ella permaneció junto a la puerta.

—Sí.

El hombre sonrió.

—Mi nombre es Viktor Marković.

Ana sintió que la sangre se le helaba.

El hijo del hombre mencionado por Milena.

—¿Qué desea?

Viktor miró la casa.

—Esta propiedad perteneció a mi familia durante generaciones.

—Ahora es mía. Tengo los documentos.

—No he venido a discutir eso.

Sacó una tarjeta de presentación.

—He venido a hacerle una oferta.

Ana no la tomó.

—No estoy interesada.

Viktor sonrió.

—Ni siquiera sabe cuánto estoy dispuesto a pagar.

—No quiero vender.

Su expresión cambió.

—Le ofrezco cincuenta mil euros.

Ana

sintió que el corazón se le aceleraba.

Cincuenta mil.

Por una casa que había comprado por tres mil.

Pero recordó la llave.

Y la carta.

—No.

Viktor la observó durante varios segundos.

—Cien mil.

Ana negó.

—No está en venta.

La sonrisa desapareció.

—Está cometiendo un error.

Cuando Viktor se marchó, Ana se sentó en el suelo.

Sus manos temblaban.

Aquel hombre sabía algo.

Algo que convertía una casa ruinosa en una propiedad por la que estaba dispuesto a pagar cien mil euros.

Esa misma tarde buscó la inscripción de la llave.

E. M. — 1978.

Después examinó cuidadosamente el cuadro.

En una esquina había una pequeña marca.

Un círculo.

Y dentro, tres líneas.

Recordó haber visto el mismo símbolo en alguna parte.

Volvió a abrir la caja de madera.

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