Y proteger al más vulnerable significaba, esta vez, enfrentarme a mi propio hijo.
La restitución del dinero se hizo en pagos mensuales.
Abrí una cuenta nueva para Mateo, con controles para que nadie pudiera utilizarla como antes.
El primer mes llegaron dos depósitos.
Uno de Alejandro.
Otro de Daniela.
No eran grandes cantidades, pero guardé el comprobante.
No porque disfrutara verlos pagar.
Porque ese dinero nunca había sido suyo.
Con el tiempo supe que Alejandro había terminado viviendo en una habitación económica y que en su empresa perdió el puesto comercial que tanto presumía. Daniela y él se divorciaron. Ella comenzó a trabajar horas adicionales para cumplir con sus obligaciones económicas.
No celebré ninguna de esas cosas.
Las consecuencias pertenecían a sus decisiones.
Mi trabajo era otro.
Cada mañana despertaba a Mateo.
Preparábamos huevos, frijoles o quesadillas. Yo le cortaba fruta mientras él llenaba su mochila.