El niño dijo algo muy simple:
—Con mi abuela sé que cuando regreso de la escuela hay alguien esperándome.
Aquella frase me destrozó.
Un niño no estaba pidiendo juguetes ni viajes.
Estaba pidiendo que alguien estuviera en casa.
El juzgado determinó que Mateo continuaría bajo mi cuidado, estableció las medidas legales correspondientes respecto de sus padres y dejó cualquier posible contacto futuro condicionado a evaluación profesional y al interés superior del niño.
Cuando recibí la resolución, mis manos temblaban.
No sentí victoria.
Sentí alivio.
Salí del edificio y me senté unos minutos en una banca.
Había pasado toda mi vida pensando que una buena madre debía defender a su hijo incluso cuando se equivocaba.
Ese día entendí algo distinto.
Alejandro seguía siendo mi hijo.
Pero Mateo también era un niño que dependía de los adultos para sobrevivir.