Mientras su hijo cenaba pan, sopa instantánea o cualquier cosa que pudiera comprar con doscientos pesos, ellos utilizaban sus ahorros como una caja personal.
Llamé al DIF de mi alcaldía y expliqué todo: el niño enfermo caminando solo de madrugada, las dos notas, las ubicaciones, la comida inexistente y el dinero desaparecido.
La trabajadora que me atendió dejó de hablar durante varios segundos.
—Señora Elena, conserve absolutamente todas las pruebas. Esto necesita valoración inmediata de protección infantil.
Después cambié la cerradura de mi casa.
Alejandro conservaba una copia de la llave desde hacía años y no estaba dispuesta a correr riesgos.
Cuando Mateo vio las llaves nuevas sobre la mesa preguntó:
—¿Para qué son?
Me agaché frente a él.
—Porque desde hoy esta casa también es tu casa. Aquí nadie entra para llevarte sin que sea seguro para ti.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.