—¿Ni mi papá?
—Nadie va a obligarte a salir esta noche.
Mateo me abrazó.
—Yo no quiero volver a quedarme solo en la oscuridad.
El domingo por la tarde las ubicaciones de Alejandro y Daniela empezaron a moverse.
Ambos regresaban.
A las cinco, mi teléfono sonó.
—¡Mamá! —gritó Alejandro—. ¿Mateo está contigo?
—Sí.
Escuché su suspiro de alivio.
—Gracias a Dios. Daniela supuestamente iba a cuidarlo, pero…
—¿Cómo estuvo Valle de Bravo?
Silencio.
—¿Qué?
—El hotel. El spa. Y la muchacha que contestó tu teléfono.
Daniela gritó al fondo:
—¿Qué muchacha, Alejandro?
Sonreí sin alegría.
—Daniela, tampoco te hagas la sorprendida. Vi tu publicación desde el hotel de Reforma. Dos copas de champaña y la mano de un hombre que no era tu esposo.
Ahora ambos gritaban.
Yo continué:
—También encontré sus notas. Las fotografié. Tengo las ubicaciones y los movimientos de la cuenta de Mateo.