—Mamá, escucha…
—No. Ustedes escúchenme. Mateo llegó aquí solo, bajo la lluvia, con casi cuarenta grados de fiebre. Y mientras tanto ustedes estaban en hoteles con otras personas.
—¡Fue un malentendido! —gritó Daniela.
—Un malentendido ocurre una vez. Mateo me habló de “los días de los doscientos”. La escuela lleva meses registrando que llega cansado y hambriento.
Nadie respondió.
—Mañana entregaré todo a protección infantil y consultaré a una abogada.
Alejandro explotó:
—¡Me vas a destruir la carrera!
Ni siquiera preguntó por la salud de su hijo.
Eso terminó de romper algo dentro de mí.
A las siete golpearon mi puerta.
—¡Mamá, abre!
Mateo se encogió en el sofá.
—Abuela… ¿vinieron porque fui malo?
Me arrodillé delante de él.
—Tú no hiciste nada malo.
—Me salí sin permiso…
—Porque estabas enfermo y solo. Los adultos eran quienes tenían que cuidarte.
Los golpes continuaron.
Contesté por el interfono.