Se había mudado hacía poco al barrio y compraba verduras al final de la mañana, cuando algunos comerciantes reducían los precios para no llevarse la mercancía a casa.
Una semana dejó de aparecer.
Después supe que había sufrido un accidente y que su familia estaba pasando por dificultades.
No éramos amigas íntimas.
No teníamos dinero para prestarnos.
Pero yo sabía lo que significaba estar enferma y no poder trabajar.
Así que empecé a llevarle verduras.
Unas zanahorias.
Unos tomates.
Unas patatas.
Lo que pudiera apartar sin dejar a mi hijo sin comida.
Cuando Patricia insistía en pagarme, yo respondía lo mismo:
—Hoy te ayudo yo. Otro día, cuando puedas, ayudarás a alguien más.