Soy tu esposo.
Con esas tres palabras Diego había justificado los
boletos, la reservación del departamento y los planes de su madre y de Karla.
Con esas mismas palabras había decidido que la tarjeta que Valeria le había dado para gastos pendientes de la boda ya podía usarse para cualquier cosa.
Y dos noches antes, cuando doña Carmen había dicho que Valeria no tenía padres ni una casa familiar a dónde correr, Diego no la había defendido.
Había dicho algo peor.
«Yo sé cómo manejarla».
Valeria no necesitaba preguntarse si había escuchado mal.
Lo había oído con claridad.
—Precisamente porque eres mi esposo, tenemos que dejar algunas cosas por escrito —dijo.
Diego soltó una risa corta.
—¿De qué estás hablando?
—Mi abogado te enviará una carta.
Ahora sí hubo un silencio más largo.