Pero sus ojos conservaban aquella expresión fría que recordaba desde niño.
—Thomas, tenemos que hablar.
—Podemos hablar ahora.
Miró alrededor.
—No delante de todos.
—Durante dieciocho años decidiste cuándo podía hablar contigo. Esta vez no.
Megan se acercó a nosotros.
—Papá, deja de intentar controlar todo.
Ray apretó la mandíbula.
—Esto es un asunto familiar.
—Precisamente por eso estamos aquí —respondió ella—. Porque también soy parte de esta familia y estoy cansada de tus mentiras.
Ray me pidió que lo acompañara a una sala privada.
Acepté, pero Megan entró con nosotros y llamó al abogado Thomas Reed, que esperaba en el hotel.
No iba a repetir el error de mi infancia.
Ray colocó una carpeta sobre la mesa.
—Quiero terminar con esto —dijo—. Firma este documento y reconoceré que cometí algunos errores.
Abrí la carpeta.
El documento afirmaba que yo renunciaba a cualquier reclamación relacionada con los bienes de mi madre y reconocía haber recibido voluntariamente el dinero de su cuenta.