Sentí que el estómago se me encogía.
—Frank murió hace tres semanas.
—
Lo sé.
—Entonces, ¿cómo demonios sabes lo que él me dijo?
La mujer levantó lentamente la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no intentó limpiarlas.
—Porque antes de morir me llamó.
Me quedé inmóvil.
El viento frío de noviembre atravesó mi abrigo. Detrás de mí, la puerta de la casa permanecía abierta y la luz del recibidor iluminaba las fotografías familiares colgadas en la pared. En una de ellas aparecía Frank, con su sonrisa habitual, sosteniéndome sobre sus hombros cuando yo tenía seis años.
No podía permitir que aquella mujer entrara.
No podía permitir que pronunciara su nombre.
—Vete —dije.
Ella asintió ligeramente, como si hubiera esperado aquella respuesta.
—No voy a obligarte a escucharme, Mara. Pero hay algo que necesitas saber antes de que sea demasiado tarde.