Mason no lloró delante de ella. Esperó a que la silla chirriara y Vanessa saliera con la carpeta vacía. Entonces me miró.
—Si voy ahora, puedo sacar la carpeta azul antes de que la mueva. Sé en qué cajón está. Si espero a mañana, no estará.
Daniel dio un paso.
—Voy contigo.
Mason negó.
—Si entras tú, ella cierra todo. Si entro yo, todavía cree que puedo arrepentirme.
Owen tocó el borde de la mesa.
—No tienes que hacerlo solo.
—Sí —dijo Mason—. Una vez sí. Después llamo. Si no llamo en una hora, no esperen a que ella les cuente dónde estoy.
Salió antes de que yo pudiera encontrar una frase mejor. Por la ventana lo vi cruzar el jardín bajo la lluvia, con la mochila apretada contra el pecho, hacia el coche donde su madre lo esperaba con la puerta ya abierta.