Daniel apoyó la frente en el cristal.
—Si le pasa algo por mi silencio, no hay puesto que lo pague.
Eli recogió el cuaderno.
—Entonces deja de pagar con silencio.
La hora empezó a correr en el reloj de la sala, y ninguna de nosotras supo cómo detenerla.
La hora se cumplió sin llamada. A los setenta minutos el teléfono de Daniel sonó, y no era Mason. Era Vanessa.
Puso el altavoz porque Elena le hizo un gesto. La voz llegó clara, dulce y afilada.
—Mason está en su cuarto. Se calmó. Mañana verán que la carpeta de la que habló no existe. Si Claire manda a alguien a mi casa, llamaré a la policía y diré que un adolescente fue presionado por la familia de su esposo. Daniel, si sales ahora hacia acá, trae la decisión del inversionista. Ya esperó demasiado.
—Quiero oír a Mason —dijo Daniel.