—Yo dormiré en el coche, abajo —dijo—. Si esas luces no se van, quiero verlas. No para pelear. Para que nadie suba sin pasar por mí.
Asentí. No era un perdón. Era un lugar en la acera.
Cuando la casa se quedó quieta, apagué la lámpara a medias. Mason respiraba en el sofá. Los gemelos no dormían; los oía hablar bajo, contándole cómo se remienda un puño para que no se note. En la calle, las luces del coche seguían ahí.
Me senté junto a la ventana con la carpeta azul en el regazo y comprendí que la verdad ya estaba en la mesa, pero la mañana todavía podía intentar llevársela.
Al amanecer el coche de Vanessa ya no estaba. Daniel sí. Dormía mal en el asiento, con el cuello torcido,