Le mostré el mensaje a Helena. Ella no parpadeó.
—Vamos. Pero entra conmigo. No toques una caja. No discutas un objeto. Si Caroline está allí, que hable delante de testigos.
El camino de vuelta al edificio me resultó más largo que la noche. En el ascensor, la seda esmeralda ya no parecía una armadura, solo un vestido de gala a la mañana siguiente, arrugado en el dobladillo. Me había puesto otra vez los pendientes porque dejarlos en casa de Richard me daba la sensación de soltar a mi madre en un cuarto ajeno.
La puerta del piso estaba abierta.
El retrato de Dominic seguía en la pared. Las flores blancas se habían inclinado. En medio del salón, Caroline, más delgada que en mi recuerdo, el cabello oscuro suelto, sostenía el estuche azul que yo había olvidado sobre la cama. Vacío. A su alrededor había dos cajas con mis cartas y el abrigo que no me había llevado.