—Entonces explícale al doctor Kerr por qué tu marido y yo tuvimos que pedirle que pusiera por escrito lo que todos veíamos. Papá ya no entendía lo que firmaba. Y tú tampoco quieres entenderlo.
Helena me tocó el codo para que no avanzara.
De la caja abierta asomaba un sobre con el membrete del consultorio de Samuel Kerr. No era la fotografía de Richard. Era una carta empezada, con el sello del médico a media tinta, y en la primera línea una frase que me heló más que el salón del Meridian:
«Certifico que Jonathan Carter carecía de capacidad para comprender…»
La frase se interrumpía. Alguien había guardado el borrador entre mis cartas, como quien esconde un cuchillo en un cajón de pañuelos.
Caroline siguió mi mirada y palideció.
—Eso no debía estar aquí —susurró.
En el pasillo sonaron pasos. Dominic entró sin llamar, con Vanessa detrás, y al ver el papel en mis manos se detuvo como si el mármol hubiera desaparecido.