Bajamos. En la acera, un periodista preguntó si yo iba a destruir Vale por despecho. Richard no me dejó contestar allí. En el despacho de Helena, con dos periodistas de economía y una jarra de agua, dije lo que habíamos acordado: que asumía la presidencia del consejo del Carter Legacy Trust; que la auditoría de la junta seguiría; que mi matrimonio estaba terminado; que los trabajadores no eran un campo de batalla. No hablé del vestido rojo. No hablé de la muerte de mi padre. Cuando me preguntaron si me sentía humillada, pensé en la frase de Dominic.
—Durante ocho años creí que esta vida requería cierto tipo de mujer —dije—. Hoy creo que requiere decir la verdad en voz alta.
Por la tarde, el doctor Kerr aceptó recibirnos. El consultorio olía a desinfectante y a menta. Samuel Kerr tenía sesenta años y las manos de quien firma demasiado. Al ver el borrador, se quedó pálido de un modo que no se ensaya.