Pasé la tarde en la sede de Mercer-Vale, no para dar un discurso, sino para oír a la gente que Dominic había usado como amenaza. Una mujer de nómina, Ruth Álvarez, me esperó de pie aunque le ofrecí una silla.
—El mes está pagado —dijo—. Eso ya lo sabemos. Lo que no sabemos es si el lunes usted sigue, o si el señor Vale cierra la puerta con una orden judicial y nos pide que elijamos. Yo elegí esta empresa porque paga a tiempo. No elegí un matrimonio.
—No les voy a pedir que elijan un matrimonio —respondí—. La auditoría dice a dónde fue el dinero. Los salarios no salen de Quinn Lane. Si el lunes me apartan unas horas, Richard firma lo necesario para que la nómina no se detenga. Se lo pongo por escrito.
Ruth leyó el párrafo que Helena había preparado y, solo entonces, se sentó.