Daniel palideció.
—Entonces no se fue a dormir —dijo—. Se fue a demostrar que todavía puede entrar.
Miré el árbol, las luces, la puerta por donde Vance había salido sonriendo a los invitados. La carta me pesaba contra las costillas. Ya no era solo un papel de un muerto. Era la razón por la que alguien, esa misma noche, había vuelto a tocar el expediente de la mujer que lo guardaba.
—Nos vamos de esta casa —dije—. Ahora. Lena, coche. Daniel, si vienes, vienes sin uniforme de fiesta y sin secretos en los bolsillos. Margaret, mañana a primera hora, con todo lo que escondió. Esta Navidad acaba de dejar de ser una visita.
El hotel estaba a veinte minutos de la casa de los Reynolds, junto a una carretera que en diciembre parecía un río
negro. Lena eligió dos habitaciones comunicadas y pidió que el pasillo quedara a la vista de la recepción. No explicó más de lo necesario. Yo firmé con mi nombre. Daniel firmó con el suyo, y la empleada tardó un segundo de más en devolverle la pluma.