—No vamos a describir ese expediente delante de los niños —dije.
—No hace falta —respondió Lena—. Les basta saber que un adulto usó una puerta que no era suya. La puerta ya está denunciada.
Margaret llegó al amanecer. No la dejé subir a la habitación. Bajé al vestíbulo con Daniel y con Lena. Los niños se quedaron arriba, con la puerta comunicada abierta y la
televisión en un canal sin noticias. Lena puso a una compañera de recepción a mirar el ascensor. No era una fortaleza. Era lo mejor que teníamos antes del desayuno.
Margaret traía un maletín de cuero viejo. Dentro había una carpeta. La puso sobre la mesa baja, entre el belén de plástico del hotel y un cuenco de caramelos.
—La carta del hospital —dijo—. La que le mostré a Daniel. Y la copia que guardé porque Marcus me dijo que un día podría hacer falta para demostrar que yo había actuado de buena fe. No hay buena fe aquí. Hay mi letra en el sobre y mi firma imitando el estilo de una notificación. No voy a explicar cómo se hace una cosa así. Voy a decir que la hice, que se la di a mi hijo y que durante ocho años no la corregí.