Aquella noche dormimos otra vez mal, pero dormimos juntos. Al amanecer, mientras Lena organizaba el cambio de cerradura y la custodia del papel del felpudo, llegó un último aviso de la oficial de la revisión. No era una amenaza de Vance. Era peor por lo clara.
La comparecencia se había adelantado. Sería al día siguiente, en una sala sin adornos. Y entre los documentos que el general Vance había anunciado llevar estaba la acusación original de Northstar, la misma que me sacó de Fort Carson, presentada de nuevo como si ocho años no hubieran existido.
Si aquella sala le creía, yo podía perder el mando antes de Navidad. Si nos creía a nosotros, la carta de un muerto y la firma falsa de un padre vivo tendrían que pesar más que un uniforme con estrellas.
Cerré el mensaje y miré a mis hijos, que desayunaban cereales en cuencos del hotel como si el mundo todavía tuviera horario.