Vance pidió la palabra otra vez.
—Una carta de un hombre enfermo no reescribe una operación —dijo—. El general Reynolds quiso morir en paz. Inventó un culpable para no mirar a su nuera. Si esta sala prefiere un relato de Navidad a un archivo, que lo diga. Yo mantengo la acusación original. Y advierto que insistir en ella públicamente tendrá consecuencias para el mando de la comandante antes de que acabe la semana.
La oficial levantó la vista.
—Las consecuencias, general, no se anuncian como una prenda de calendario. Se resuelven aquí. ¿Tiene algo más que la acusación que ya constaba hace ocho años?
Vance cerró la carpeta.
—Tengo la acusación. Me basta.
No le bastó a la sala. La oficial decretó un receso de una hora para revisar los recibos del correo, la notificación falsa y el informe del acceso. Nos pidieron que no habláramos con testigos. Salí al pasillo con la boca seca.