PARTE 1
—¡No se te ocurra detenerte, suegra! ¡Mi padre cumple setenta años y no voy a permitir que Mariana nos haga quedar mal otra vez! —me gritó mi yerno mientras mi hija, embarazada de ocho meses, suplicaba desde el asiento trasero.
Aquella noche comprendí que una familia podía preocuparse más por llegar puntual a una fiesta que por la vida de una mujer y su bebé.
Me llamo Carmen, tengo 65 años y durante más de treinta fui instructora de manejo en Guadalajara. He visto conductores nerviosos, accidentes terribles y personas que creen que llegar cinco minutos tarde es una tragedia.
Pero jamás imaginé que mi decisión de detener un automóvil terminaría destapando un secreto familiar enterrado durante treinta y cinco años.
Era sábado. Una lluvia intensa golpeaba el parabrisas de mi viejo Nissan Tsuru plateado.
Llevaba a mi hija Mariana, de 32 años y con 33 semanas de embarazo, y a su esposo Diego rumbo a Tepatitlán, donde don Arturo, mi consuegro, celebraba su cumpleaños número setenta.