Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.

Diego llevaba todo el trayecto revisando el teléfono.

—Mi papá dijo que a las ocho empieza la cena. Ya sabes cómo se pone cuando alguien llega tarde.

—Pues dile que vamos con cuidado —respondí—. La carretera está resbalosa.

Desde atrás, Mariana pidió que apagara la radio.

Después quiso que bajara la intensidad de las luces del tablero.

Cuando la miré por el retrovisor, observé algo extraño: tenía los párpados hinchados y se presionaba las sienes.

—¿Te duele la cabeza, hija?

—Un poquito, mamá. Es el embarazo.

Veinte minutos después, mientras atravesábamos un tramo oscuro de carretera, Mariana se incorporó bruscamente.

—Mamá, por favor, párate en la próxima gasolinera.

—¡Estamos a punto de llegar! —protestó Diego.

—Por favor… No me siento bien.

Había algo en su voz que me recordó cuando era niña y me llamaba después de una pesadilla.

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