Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.

Encendí la direccional.

Diego golpeó el tablero.

—¡Mi papá nos está esperando!

—Y mi hija me está pidiendo ayuda —contesté—. Eso es más importante.

Entramos en una gasolinera cercana a Zapotlanejo.

Mariana caminó hacia los sanitarios apoyándose en la pared. Cuando fui a buscarla, diez minutos después, la encontré sentada junto al lavabo.

Una desconocida con uniforme de enfermera le estaba tomando la presión.

—Soy Socorro, enfermera obstétrica —se presentó—. Su hija dice que ve destellos y lleva varios días con dolor de cabeza.

El aparato marcaba 160 sobre 100.

Socorro examinó sus tobillos hinchados y endureció el rostro.

—Podría tratarse de preeclampsia. Necesita valoración hospitalaria urgente. No debe continuar hacia ninguna fiesta.

Mariana comenzó a llorar.

—Mi suegra siempre dice que las embarazadas de ahora exageramos. Si falto, van a decir que estoy manipulando a Diego.

La enfermera nos dio sus datos y, con permiso de Mariana, fotografió la lectura para consultar al médico de guardia.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *