Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.

Yo insistí en regresar al hospital, pero mi hija aseguró que estaba mejor y rogó que no la hiciera discutir delante de toda la familia. Cometí el error de aceptar, decidida a sacarla de allí ante cualquier nuevo síntoma.

Llegamos dieciséis minutos tarde.

Don Arturo nos recibió mirando su reloj de oro.

—La puntualidad demuestra el respeto que uno tiene por su familia.

Su esposa, doña Beatriz, añadió:

—Yo trabajé cargando mercancía hasta el último día de mi embarazo. Las mujeres de antes éramos más fuertes.

Nos sentamos.

Entonces llegó un mensaje de Socorro.

El médico de guardia exigía que Mariana acudiera inmediatamente a urgencias.

Mi hija leyó el mensaje, se llevó una mano debajo de las costillas y susurró:

—Mamá… ahora también me duele aquí.

Me levanté para anunciar que nos marchábamos.

Don Arturo golpeó la mesa.

—¡Nadie arruina mi cumpleaños por los achaques de una embarazada!

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