Pero antes de que pudiera responderle, doña Beatriz se puso de pie.
Tenía el rostro completamente blanco.
Miró a su esposo y pronunció unas palabras que hicieron que él soltara su copa.
—Hace treinta y cinco años obedecí esa misma orden, Arturo. Y todavía no me has dicho cuántos minutos tardaste en llevarme al hospital.
PARTE 2
Nadie se movió.
Don Arturo miraba a su esposa como si acabara de escuchar una acusación que llevaba décadas temiendo.
—Beatriz, no empieces con tus historias delante de los invitados.
—No es ninguna historia —respondió ella—. Es algo que jamás debimos olvidar.
Se acercó a Mariana, observó sus ojos entrecerrados y le tomó la mano.
—Nos vamos al hospital. Ahora mismo.
—¡Si sales de esta casa, no regreses! —gritó don Arturo.
Por primera vez en los tres años que llevábamos siendo consuegras, Beatriz no le pidió permiso a su marido.