Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.

—Entonces aprenderé a vivir sin regresar.

Diego cargó a Mariana hasta mi automóvil. Beatriz subió detrás para acompañarla y yo tomé el volante.

La lluvia era tan fuerte que apenas distinguía las líneas de la carretera.

—¡Mamá, veo todo borroso! —gimió Mariana.

Sentí unas ganas desesperadas de acelerar. Sin embargo, sabía que una curva tomada imprudentemente podía terminar con todos nosotros.

—Respira, hija. Ya vamos hacia el hospital.

Diego llamó a urgencias del hospital materno donde trabajaba la doctora Valeria, la médica que Socorro había contactado.

Nos indicaron cómo mantener a Mariana cómoda y nos pidieron que avisáramos cuando estuviéramos cerca.

Beatriz sostenía la cabeza de mi hija contra su hombro.

—Perdóname, muchacha. Perdóname por todas las veces que te dije que fueras fuerte.

Mariana apenas podía contestar.

—Suegra… me duele mucho.

—Ya no tienes que demostrarle nada a nadie, mi niña.

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