Creyeron que habíamos muerto después de lanzarnos por un precipicio y mi nuera todavía llevaba el anillo que me había robado mientras decía: “Todo esto ya nos pertenece”. Mi esposo me pidió que no llorara, llamó al abogado y bloqueó cada cuenta. Al día siguiente, nuestro hijo preparó dos ataúdes vacíos sin saber quién entraría por la puerta trasera.

“Detrás de la curva está el barranco. Si caen hasta abajo, nadie va a pensar que fue otra cosa.”

Después se escuchó a Paola:

“Con el seguro y la casa por fin salimos de todas las deudas.”

Nadie se movió.

La grabación continuó.

“Los viejos ya no sirven para nada. Solo gastan.”

Mi hermana Lucía comenzó a llorar otra vez, pero ahora de rabia.

Daniel palideció.

—¡Era una conversación sacada de contexto!

—¿También estaba fuera de contexto cuando nos empujaste? —pregunté.

—Yo no los empujé.

—Entonces tu problema será explicarle a la Fiscalía por qué la grabación continúa después de nuestra caída.

Daniel miró hacia la puerta.

Dos policías entraron.

Detrás de ellos venía Tomás.

El rostro de mi hijo cambió completamente.

Ya no parecía un hombre de cuarenta años.

Parecía aquel niño que buscaba una salida después de romper algo en casa.

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