Creyeron que habíamos muerto después de lanzarnos por un precipicio y mi nuera todavía llevaba el anillo que me había robado mientras decía: “Todo esto ya nos pertenece”. Mi esposo me pidió que no llorara, llamó al abogado y bloqueó cada cuenta. Al día siguiente, nuestro hijo preparó dos ataúdes vacíos sin saber quién entraría por la puerta trasera.

—Mamá —dijo acercándose—. Escúchame. Cometí errores. Debía dinero. Me desesperé.

—Robaste un millón ochocientos mil pesos de tu empresa.

—Yo iba a devolverlos.

—Falsificaste la firma de tu padre.

—No sabía qué hacer.

—Contrataste seguros sobre nuestras vidas.

Daniel comenzó a llorar.

—¡Tenía miedo!

Lo miré fijamente.

—Nosotros también tuvimos miedo cuando caíamos por ese barranco.

Bajó la cabeza.

Por primera vez, sus lágrimas parecían reales.

Pero llegaron demasiado tarde.

Un agente informó que la Fiscalía ya tenía la grabación original, los videos del estudio, el contrato falsificado, los registros bancarios y las comunicaciones relacionadas con el intento de cobrar los seguros.

También habían localizado movimientos de dinero desde la empresa de Daniel hacia cuentas personales y gastos que nada tenían que ver con una supuesta “emergencia”.

Hoteles.

Restaurantes.

Compras de lujo.

Y transferencias que Paola conocía perfectamente.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *