Pero llega una edad en la que nuestros hijos eligen quiénes quieren ser.
Y no podemos asumir como propia la culpa de las decisiones que toman siendo adultos.
Roberto y yo no vendimos la casa.
Al contrario.
Arreglamos el jardín que llevábamos años posponiendo. Plantamos un limonero junto a la ventana de la cocina y pusimos dos sillones en la terraza.
Una tarde, mientras tomábamos café de olla, Roberto me preguntó:
—¿Te arrepientes de haberlo denunciado?
Miré el anillo de mi madre en mi mano.
—No.
—¿Ni un poco?
Pensé antes de responder.
—Me duele. Pero dolor y arrepentimiento no son lo mismo.
Mi hermana Lucía comenzó a visitarnos cada domingo. Algunos familiares se disculparon por haber creído durante unas horas la historia de Daniel sobre las supuestas deudas de Roberto.
Nunca los culpamos.
Ellos también habían sido engañados.
La única imagen que retiramos definitivamente de la casa fue una fotografía familiar que estaba sobre la chimenea. En ella aparecíamos Roberto, Daniel y yo sonriendo durante una Navidad.