Creyeron que habíamos muerto después de lanzarnos por un precipicio y mi nuera todavía llevaba el anillo que me había robado mientras decía: “Todo esto ya nos pertenece”. Mi esposo me pidió que no llorara, llamó al abogado y bloqueó cada cuenta. Al día siguiente, nuestro hijo preparó dos ataúdes vacíos sin saber quién entraría por la puerta trasera.

No la rompí.

La guardé en una caja.

Porque negar que alguna vez lo amé habría sido otra mentira.

Sí lo amé.

Con todo mi corazón.

Y precisamente por eso su traición dolió tanto.

Un año después volvimos a la Sierra Gorda.

No al mismo barranco, sino a un pequeño mirador cercano desde donde se veían montañas cubiertas de neblina.

Roberto tomó mi mano.

—¿Tienes miedo?

—Sí.

—Podemos irnos.

Negué con la cabeza.

—No quiero que ese día sea el último recuerdo que tenga de este lugar.

Nos quedamos mirando el paisaje durante mucho tiempo.

Nadie nos tomó fotografías.

No hacía falta.

Mientras el viento movía los árboles, pensé en aquella frase que Daniel había pronunciado creyéndonos muertos:

“Por fin somos libres.”

Qué extraño.

Al final, los únicos que habíamos recuperado nuestra libertad éramos nosotros.

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