Creyeron que habíamos muerto después de lanzarnos por un precipicio y mi nuera todavía llevaba el anillo que me había robado mientras decía: “Todo esto ya nos pertenece”. Mi esposo me pidió que no llorara, llamó al abogado y bloqueó cada cuenta. Al día siguiente, nuestro hijo preparó dos ataúdes vacíos sin saber quién entraría por la puerta trasera.

Me quedé mirándolo.

—¿Por qué traes eso?

Roberto cerró los ojos unos segundos.

Desde hacía semanas había notado cosas extrañas. Daniel entraba a su estudio cuando creía que nadie lo veía. Había preguntado demasiado por las escrituras de nuestra casa de Juriquilla y por un terreno que compramos veinte años atrás. Incluso quiso saber dónde guardábamos nuestras identificaciones.

Roberto instaló una cámara discreta en el estudio y descubrió a Daniel fotografiando documentos.

No sabía que planeaba matarnos, pero sí sospechaba que quería cometer algún fraude.

Por eso, antes de aceptar aquel paseo, guardó la grabadora en el bolsillo y pidió a Tomás, un viejo amigo suyo que había trabajado como policía de investigación, que siguiera la ubicación de su teléfono a distancia.

—Pensé que intentaría hacernos firmar algo —murmuró Roberto—. Nunca imaginé esto.

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