Yo empecé a llorar.
Habíamos pagado la universidad de Daniel trabajando durante años. Cuando su negocio fracasó, le prestamos dinero. Cuando se casó, le ayudamos con el enganche de su departamento.
Y nuestro pago había sido un empujón hacia un precipicio.
Entonces apareció luz entre los árboles.
Dos faros se detuvieron arriba del barranco.
—Es Tomás —susurró Roberto.
Minutos después, una linterna iluminó nuestros rostros.
Mientras Tomás descendía con una cuerda para rescatarnos, Roberto apretó mi mano y dijo algo que me dejó helada:
—Elena, si Daniel estaba dispuesto a matarnos por las escrituras, es porque debe mucho más dinero de lo que imaginamos.
Yo todavía no sabía cuánto.
Tampoco sabía que aquella grabadora acababa de registrar una conversación capaz de destruir la vida perfecta que nuestro hijo había construido sobre nuestras espaldas.
Y lo que encontramos esa misma noche en nuestra propia casa fue todavía peor.