Creyeron que habíamos muerto después de lanzarnos por un precipicio y mi nuera todavía llevaba el anillo que me había robado mientras decía: “Todo esto ya nos pertenece”. Mi esposo me pidió que no llorara, llamó al abogado y bloqueó cada cuenta. Al día siguiente, nuestro hijo preparó dos ataúdes vacíos sin saber quién entraría por la puerta trasera.

PARTE 2

Tomás nos llevó a una pequeña cabaña que pertenecía a un primo suyo. Nadie sabía que estábamos vivos.

Mientras limpiábamos nuestras heridas, Roberto puso la grabación sobre la mesa.

Antes del empujón, mientras nosotros fingíamos dormir en el asiento trasero, Daniel y Paola habían hablado creyendo que no escuchábamos.

—Con los seguros recibiremos casi cuatro millones —decía Daniel—. Luego vendemos la casa. Con eso cubro el faltante de la empresa.

Sentí náuseas.

Roberto me explicó lo que había descubierto: Daniel trabajaba como administrador en una constructora de Querétaro y faltaban cerca de un millón ochocientos mil pesos de varias cuentas bajo su responsabilidad.

Además, había aparecido un contrato preliminar para vender nuestro terreno a un desarrollador. La firma de Roberto estaba falsificada.

Pero faltaba la escritura original.

Por eso tenían prisa.

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